domingo, 30 de mayo de 2010

EL VALOR ETERNO: Amistad y Concordia.

Filosofía clásica, amistad y concordia.

“En las entrañas de la amistad se esconde el germen de la vida comunitaria con todas sus secuelas”
Andrés Vázquez de Prada

“El hombre perverso provoca discordia”
Proverbios, 16, 28.

I.-

Nuestra participación en estas jornadas apunta a una respuesta positiva a la soledad: la amistad y dentro de ese género, entendido en sentido muy amplio y con matices que intentaremos señalar, la concordia.

Y un comentario al primer capitel, aprovechando otro texto del autor citado: por la amistad, “las almas se enhebran para pasar a formar parte del tejido social. Ello se efectúa de un modo triple: cimentando la sociabilidad, con el servicio de amor al prójimo y por la formación personal de los amigos. Estas tres funciones ganan en profundidad lo que pierden en extensión: la sociabilidad alcanza a todos; el amor al prójimo a quienes nos rodean; la amistad a los íntimos”[1].

El segundo capitel se refiere a la concordia y pertenece a un libro de las Sagradas Escrituras. Como veremos más adelante la concordia, excepto en ciertos casos, se encuentra en la línea perfectiva que surge de la naturaleza humana y es fuente de múltiples bienes. Atendiendo a esto, y a los males tremendos que provoca la discordia en las diversas sociedades humanas, quien la genera no será un hombre malo, sino pésimo, pérfido, protervo.

El punto de partida es la filosofía clásica y llamamos tal, para precisar la denominación, a la filosofía griega, a las grandes intuiciones de los filósofos cosmológicos y a la elaboración sistemática realizada, siguiendo el camino abierto por Sócrates, por Platón, el padre de la filosofía occidental, y por Aristóteles, llamado por Dante, “el maestro de los que saben”. Su legado es un bien común para todos nosotros y hoy lo tenemos a nuestra disposición, para indagar una vez más en él, y a partir de él, tratar de enriquecerlo, depurarlo de sus errores, y a su vez trasmitirlo. No somos otra cosa que un eslabón más en una interminable cadena.

II.

Para nuestro Martín Fierro, de los bienes que el hombre recibió de Su Divina Majestad, el primero es la palabra, el segundo, la amistad[2].

Sin embargo hoy, en el contexto de la filosofía que llamamos de la exterioridad, se habla de la “palabra violada” y de la soledad del hombre contemporáneo.

La palabra es violada en dos sentidos: como medio de comunicación, o sea como expresión de nuestra interioridad, y como compromiso.

La palabra manifiesta el poder formidable del pensamiento para el bien y para el mal. Como escribe Pierre Charles S.J., “los términos que pronuncio pueden ser mentirosos y soy capaz de hacerle la guerra a la verdad. Puedo por mis palabras bombardear los espíritus, sembrar dudas, destruir el equilibrio moral de una persona y hasta de un pueblo… La mentira es un ultraje a la verdad… es a sí mismo a quien el mentiroso envilece, porque la verdad jamás es alterada por la mentira[3].

Pero además la palabra hoy es violada como compromiso; en lugar de teorizar acerca de la palabra de honor, sería mejor recuperar el honor de la palabra; de “esas palabras definitivas que sellan las fidelidades”, palabras de promesas, de votos, de esa perpetuidad que fija, a partir de una elección libre, el destino de toda una vida.

Todo esto parece muy extraño para una civilización que ha optado en su inmensa mayoría, no por lo que permanece, sino por lo que cambia. Hemos ingresado de lleno en la llamada “era de la transitoriedad”, y caminamos hacia un mundo, que habrá “roto irremediablemente con el pasado”, al cortar “todos los marcos con los antiguos modos de pensamiento, de sentimiento, de adaptación”.

En la nueva era, anunciada por Alvin Toffler, uno de sus profetas, se consumará la “muerte de la permanencia”; y en ella, se harán cada vez más fugaces y temporales las siguientes relaciones del hombre: a) con las cosas; y surgirá la sociedad del “tírelo, después de usado”; b) con los lugares, pues aparecen los nuevos nómades quienes los gastan cada vez más rápido; c) con las personas, al surgir el “hombre modular” que huye de todo compromiso profundo y duradero y ante quien pasan los demás cada vez más rápido; d) con las organizaciones: con lo cual se acaba la lealtad hacia los prójimos colectivos; y e) con las imágenes, pues también las ideas se crean y gastan a una velocidad cada vez mayor.

En “La tercera ola”, Toffler explicita y desarrolla el último punto y habla de un “almacén de imágenes”, que nos parece mejor llamarlo “hipermercado” para no pensar en una pulpería o un almacén de barrio. En ese inmenso negocio el hombre se pierde: “una bomba de información está estallando entre nosotros, lanzándonos una metralla de imágenes y cambiando drásticamente la forma en que cada uno percibe y actúa sobre nuestro mundo… Las imágenes se tornan cada vez más temporales… Es difícil extraer algún sentido de esta vertiginosa fantasmagoría”[4].

El resultado es un hombre extraviado, sin rumbo, rodeado de quimeras y delirios, indigestado por una cantidad de información que no es capaz de asimilar ni de ordenar. Un hombre prisionero de una nueva erística, tan nefasta como la antigua, practicada por los sofistas. Un hombre sin ideales permanentes que le sirvan de base para configurar su existencia.

A esta época e incluso bastante antes que Toffler, se refiere Saint-Exupéry en su carta al general X: “Los lazos de amor, que anudan al hombre de hoy… son tan poco tiernos, tan poco densos que no se siente la ausencia como antes… en esta época existe la misma facilidad de divorciarse con las cosas. Todo se cambia: las heladeras… y la casa… y la mujer… No se puede ser infiel ¿A quién sería infiel? Desierto del hombre”[5].

Esto ha engendrado ciertos tipos de hombres que el filósofo alemán Dietrich von Hildebrand denomina los “hombres mariposa”, superficiales, quienes “se desenvuelven nada más que en el nivel exterior de su conciencia presente”[6]; y otros, que llamamos con otra metáfora: los “hombres veleta”, siempre atentos, para acomodarse, en comprobar para dónde sopla el viento.

III.-

Vamos ahora, al segundo de los bienes recibidos por el hombre según Fierro: la amistad. Sin embargo, en nuestros días, los hombres se encuentran “más preocupados por la cuestión de la soledad que por la de la amistad”[7].

En nuestro Curso de Argumentación, ya hemos estudiado las raíces filosóficas de este problema, que vienen desde fines de la Edad Media y configuran el idealismo moderno. Ese proceso, Saturnino Álvarez Turienzo, lo encierra en pocas palabras: “el nominalismo de Ockham ve al mundo como el arenal de un desierto, como una polvareda de soledades; el mundo estará compuesto para Descartes por naturalezas solitarias”[8].

Los hermosos carteles preparados para estas Jornadas, por el Departamento de Comunicaciones de esta Casa, nos muestran por una parte, el panorama de la soledad, de esa soledad, que, según el mismo Martín Fierro, causa espanto: el Principito solo en la cima de la montaña, y por otra, la escenografía de la amistad, el encuentro del niño con el zorro.

Al sentirse solo, en su arribo a este planeta que le parece extraño, el Principito trata de comunicarse, obteniendo sólo la respuesta del eco, y luego, pregunta angustiado a la serpiente: “¿Dónde están los hombres? Se está un poco solo en el desierto”. Y recibe una respuesta inesperada: “Con los hombre también se está solo”, contestación que introduce el tema de otra soledad, distinta a la soledad física del desierto. Es el tema de la soledad urbana, la soledad en medio de la multitud, la soledad hosca que sufren los hombres que se aprietan y se pisan en los subterráneos y en los trenes, que viven amontonados, pero no unidos. Es lo que se ha llamado, con referencia a regímenes socialistas: “el colectivismo de soledades”.

El afán por encontrar a los hombres lo repite el Principito en su pregunta a la flor, quien le responde en forma muy breve: “No se sabe nunca dónde encontrarlos. El viento los lleva. No tienen raíces…”

Aquí se plantean dos temas básicos: la soledad urbana y el desarraigo.

La soledad urbana es un fenómeno de nuestro tiempo que se siente en especial en las megalópolis y en las ciudades que han crecido sin guardar proporciones humanas. No es la soledad del anacoreta ni del ermitaño, quienes se alejan de la proximidad física con los otros hombres, para incrementar su cercanía espiritual con ellos y con Dios; no es la soledad accidental de Robinson Crusoe; tampoco es la soledad del poeta a la cual se refiere el poeta Francisco de Quevedo y Villegas en un soneto que lleva como subtítulo Gustoso el autor con la soledad y sus estudios, el cual, en sus primeras estrofas dice:

“Retirado en la paz de estos desiertos
con pocos pero doctos libros juntos
vivo en conversación con los difuntos
y escucho con mis ojos a los muertos”.

“Si no siempre entendidos, siempre abiertos,
o enmiendan o secundan mis asuntos;
y en músicos, callados contrapuntos,
al sueño de la vida hablan despiertos”.

No es esta soledad la de ermitaños o de poetas[9], sino otra, que es el resultado del debilitamiento y de la ruptura de las comunidades naturales básicas, de las solidaridades más elementales, reemplazadas por relaciones contractuales, por organizaciones despersonalizadas.

Es la soledad como saldo de una disociedad edificada a partir de los derechos y no de los deberes, resultado del individualismo y del egoísmo.

Es la soledad del anciano, que en virtud de la disolución de la gran familia se encuentra recluido y hasta a veces, depositado y abandonado, en un geriátrico donde espera la muerte; es la soledad del niño para quien no tienen tiempo sus padres y se pasa horas absorbido y deseducado por la televisión; es la soledad de la mujer o del marido, quienes como resultado del lavado de cerebro que en forma cotidiana efectúan los medios de comunicación social, los ambientes y las modas, no advierten que tienen a su lado una persona; es la soledad del pobre o del enfermo, del huérfano y de la viuda, quienes no despiertan solicitud, interés ni solidaridad de prójimos que se han evaporado.

Ionesco en La cantante calva ridiculiza la situación de un matrimonio que es una suma de dos soledades. Como la conversación es un poco larga y se desarrolla en brumosos ambientes británicos, haremos un compendio ambientado en la Argentina:

Dos rosarinos se encuentran en Córdoba en casa de una tercera persona. Después de los saludos comienza el diálogo. Me parece conocerla, señora, ¿de dónde es usted? De Rosario. Yo también, ¡qué casualidad! Y ahora ¿dónde vive? En Buenos Aires. Yo también, a lo mejor la conozco de Buenos Aires. ¿Hace mucho que se mudó? Un año. Yo también ¡que casualidad! ¿En qué barrio vive? En Belgrano. Yo también, a lo mejor la conozco del barrio. ¿En qué calle de Belgrano vive? En la calle Crámer. Tal vez la conozco de la calle Crámer. ¿En qué número de la calle Crámer vive? En el 2067. Pero yo también ¡Qué coincidencia! Y tengo una hija que se llama Alicia y tiene dos años. Yo también… Entonces no cabe duda, usted es mi mujer, ¡Isabel te he vuelto a encontrar! ¡Martín, eres tú querido!

Las soledades forzadas e involuntarias sólo se superan con la restauración de la familia, de su papel educador y trasmisor de los valores morales fundamentales y de las demás pequeñas comunidades, ámbitos propicios para el diálogo, la convivencia personalizada y la solidaridad vivida y no declamada en los discursos; una de esas comunidades es nuestro Colegio y dentro de él, nuestro Instituto, sus miembros, sus cursantes y todos aquellos que nos ayudan hoy aquí, y quienes nos han ayudado hasta ahora.

IV.-

La flor que aparece en El Principito, trae el tema de las raíces. Esa flor es natural; es distinta de las flores artificiales, quienes no necesitan raíces ni savia. Las flores naturales necesitan de la luz, del humus y del agua, deben alimentarse para vivir.

Los hombres también necesitan desarrollar sus raíces existenciales porque son ellas quienes les permiten conservar su identidad a pesar de los cambios y desarrollar sus virtualidades.

Según la escritora francesa Simon Weil, “el arraigo es tal vez la más importante y la más desconocida necesidad del alma humana. Es una de las más difíciles de definir. Un ser humano tiene una raíz por su participación real, activa y natural en la existencia de una colectividad que conserva vivos ciertos tesoros del pasado y ciertos presentimientos del porvenir. Participación natural, es decir, producida por el lugar, el nacimiento, la profesión, el entorno. Cada ser humano tiene necesidad de tener múltiples raíces. Precisa recibir casi la totalidad de su vida moral, intelectual, espiritual, por intermedio de los ambientes de los que naturalmente forma parte.”[10]

La ruptura de esas raíces convierte al hombre en un ser anónimo sin inserción en el tiempo ni morada en el espacio.

Hoy vivimos en el mundo del hombre abstracto quien, en su universalismo desencarnado, pierde el sentido de las cosas y no advierte las consecuencias del desarraigo. De un hombre para quien las hondas palabras de Ramiro de Maeztu: “no envidio la suerte del pájaro que vuela donde quiere, sino destino del hombre que muere donde nace”, suenan como las de un extraterrestre. De un hombre que pretende ser pájaro, sin advertir que, amputado de sus raíces, sólo es un pajarón.

V.-

Volvamos a la consideración de la amistad. Y aquí se nos aparece el zorro, ese diminuto fenech de las arenas que Saint-Exupéry dibuja en el Principito quien le trasmite un diagnóstico muy poco halagüeño acerca de la suerte de la amistad en nuestra época: “Los hombres viven apurados. Compran las cosas manufacturadas a los mercaderes. Y como no existen mercaderes de amigos, los hombres no tienen amigos. Si quieres un amigo, domestícame”.

Repetimos: “como no existen mercaderes de amigos, los hombres no tienen amigos”. La amistad, es libre “si quieres un amigo” y gratuita, pues está fuera del comercio, del mercado, de la tarea de los mercaderes.

Nuestro tiempo tiene un problema con la gratuidad, porque pareciera que todo estuviera dentro de lo negociable. Es lo que señalaba el escritor francés Charles Péguy: “El mundo moderno es prostibulario porque ha vuelto negociables ciertos valores que el mundo antiguo y el mundo cristiano consideraban como no negociables”. Este poeta, pasado de edad militar murió en la Primera Guerra Mundial, al frente de sus soldados; quería ofrecer ese sacrificio por sus pecados y por los de Francia su patria carnal. Si hoy resucitara y viera que se negocia hasta con los órganos, con los vientres ¿qué diría?

Y sin embargo, la amistad estricta, verdadera, sólo puede trabarse en el ámbito de lo no negociable, de la gratuidad. Ella es “la de los hombres de bien, y semejantes en virtud, porque éstos se desean igualmente el bien por ser ellos buenos en si mismos”[11].

Ella es necesaria y está en la línea de perfección de nuestra naturaleza. Por eso, el querer debe dirigirse a hombre y grupos concretos, “ciertos, restringidos y circundantes: al amigo, al vecino, a la familia… Nadie que ignore a quien tiene a su lado puede proclamar de veras que ama a sus compatriotas”. Abriéndonos sin criterio, sin medida, llamaremos amigo a cualquiera sin serlo de nadie. Frivolidad que ridiculiza Molière en los que denomina “amigos del género humano”.

No es verdadera en esa línea la afirmación del médico inglés Thomas Hobbes: homo homini lupus, el hombre es el lobo del hombre, sino lo que señala Aristóteles a partir de su experiencia: “cualquiera ha podido comprobar en sus viajes como todo hombre es para todo hombre algo familiar y querido”[12].

VI.-

Todos necesitamos de la amistad: los ricos y los poderosos, porque cuanto más alto uno se encuentra en el orden político, social o económico, está más inseguro; los pobres y desgraciados, ya que siempre es bueno tener compañía en la desventura; los jóvenes para con docilidad recibir los consejos y la guía de los mayores, y tratar de no equivocarse; los de la tercera y cuarta edad, pues pareciera que los viejos ya no existen, para ser cuidados y auxiliados en su debilidad; y los hombres maduros “para las bellas acciones”.

El amigo es “otro yo” o como se ha dicho en forma gauchesca, aunque con poca originalidad: “yo mismo en otro cuero”.

La amistad requiere: libertad, pues no puede forzarse, no es coercible, en ella no existe la coacción; alteridad, pues se traba con otro; reciprocidad, que la distingue de la benevolencia, que es unilateral y puede ser una introducción a la amistad, la cual recién se anuda cuando hay correspondencia, tiempo, trato, que es intercambio de palabras, silencios y reflexiones; incluso, si es necesario, la “corrección amistosa”, en la cual “el carácter medicinal prima sobre el disciplinario”[13]. Además precisa cierta comunidad axiológica en orden a un fin, a un programa o proyecto de vida, pues, como escribe Saint-Exupéry, no es mirarse uno a otro, sino “mirar juntos en la misma dirección”.

Los hombres recién serán amigos cuando hayan caminado juntos en silencio, se hayan sentado a la mesa y consumido el pan y la sal; excepto la última los hipertensos que la tienen prohibida, pero que pueden reemplazarla por un buen vaso de vino.

Un antiguo proverbio griego dice que “la mesa es la introductora de la amistad”; y José de Maistre comenta: “La invitación a un hombre para que coma en casa de otro es un acto de urbanidad… Descended desde el palacio de un monarca europeo hasta el aduar de un indio, pasad de la civilización más refinada hasta la infancia de la sociedad; examinad todas las categorías sociales, todas las condiciones, todos los caracteres y en todas partes encontraréis los convites establecidos como una especie de religión, como una demostración de consideraciones, de benevolencia, de etiqueta… Los hombres no han encontrado signo de unión más expresivo que reunirse en un banquete para tomar en común su alimento”[14].

La amistad perfecta es entre hombres de bien que se desean recíprocamente el bien, hombres semejantes en virtud y permanece mientras son buenos.

Enrique de Gante señala que es “la coronación de las virtudes”, pues se sostiene en otras, como la fidelidad, la lealtad y la gratitud, y estimula su práctica.

La amistad nos hace crecer; “el espíritu consigue, si se lo propone, ser palanca de sí mismo; pero siempre necesitará de un punto de apoyo que sea él mismo. Pero no de un punto de apoyo muerto, sino vivo; no un objeto, sino un amigo”[15].

Existen amistades fundadas en la igualdad, que son las corrientes, y otras fundadas en la superioridad, como la de los padres con los hijos y la de los maestros con los discípulos.

¿Cuál es el número ideal de amigos? Entendemos que depende del carácter de cada uno y de las circunstancias; lo que es seguro es que no se puede tener un millón de amigos como expresaba una canción. Vázquez de Prada nos recuerda que la amistad también está regida por la prudencia, la primera de las virtudes cardinales: “Un número prudente de amigos conserva a nuestra persona en movimiento y la enriquece. Demasiados, la desangran. Y si son escasos, la estacan”[16].

Y ahora pondremos un ejemplo griego del heroísmo al cual puede llegar una amistad; es la historia de Orestes y Pílades, que aparece recogida en las Partidas de Alfonso el Sabio y que relataremos en castellano actual: Los dos amigos estaban presos por un maleficio. Orestes fue condenado a muerte y Pílades absuelto. Cuando lo fueron a buscar para la ejecución, Pílades, conociendo el asunto, se presentó como Orestes; éste lo desmintió manifestado que el condenado era él. Enterado el rey del asunto y asombrado por la lealtad de estos amigos, empeñados cada uno en salvar al otro, liberó a ambos y les rogó que lo recibiesen, como un tercer amigo[17].

Pero lamentablemente también existen amistades por accidente, falsas amistades en las cuales no se quiere a la persona del otro, sino algo del otro. No se quiere al amigo por lo que es sino por algo que tiene.

Así cuando se quiere obtener un beneficio, en las amistades por interés. Alcanzado o cesado el interés, el vínculo desaparece. Así, el novio que no quiere a la novia, sino la dote que trae la novia.

Así las amistades hedonísticas o de placer. Volvamos al ejemplo: no se quiere a la novia sino la belleza de la novia. Pero cuando la juventud se marchita, cuando ya sólo quedan los rastrojos de esa belleza, cuando retorna “aquel espectro que fue locura en mi juventud”, como canta el tango “Volvió una noche”, la amistad desaparece.

Pero a pesar de todo estas amistades por accidente tienen un pálida semejanza con la verdadera amistad, que tiene otro tipo de deleite y de utilidad.

También son falsas amistades las que se anudan entre hombres viciosos para el mal. No podemos llamar amistad al vínculo que une a una banda de delincuentes, sino complicidad. Hay consorcios de vidas cara al mal, grupos destructivos unidos por el odio, que “son el sarpullido de la sociedad, la erupción de las bajas y viles malquerencias del hombre”[18].

VII.-

Habíamos señalado que la amistad necesita tiempo y trato, pues los amigos se hacen lenta y trabajosamente, aunque sea una labor placentera. Esta pedagogía de la amistad es la que el zorro sabio enseña al Principito.

Si quieres ser mi amigo, domestícame. Aquí el verbo francés es “Apprivoiser”, título de una magnífica monografía escrita hace un par de años por nuestra ex alumna Belén Piñeiro y publicada en Internet por la Universidad del Salvador.

Y qué significa ese verbo francés generalmente traducido por “domesticar”. Significa también asimilar, crear lazos, familiarizar, docilizar, hacer de la casa, amansar, volver más sociable, y, sin significado colectivista, socializar, en el sentido de incrementar los vínculos.

Esos lazos se anudan poco a poco. Hay que desconfiar de las confraternizaciones rápidas que suelen ser pasajeras. Los clásicos españoles las llamaban “amistades de tazas de vino” que se disuelven al dejar el umbral de la taberna.

La amistad precisa de una disciplina y por eso el zorro enseña al Principito que necesita de los “ritos”. Es un abrirse y entregarse gradualmente al otro pero sin limitaciones en la responsabilidad (por eso, no es una sociedad comercial, ni anónima ni de responsabilidad limitada).

Y ¿qué es un rito? Pregunta el Principito. Es también algo “demasiado olvidado, le contesta el zorro. Es lo que hace que un día sea diferente de los otros días; una hora de las otras horas”. E inmediatamente viene la ilustración: “Entre los cazadores, por ejemplo, hay un rito. El jueves bailan con las chicas del pueblo. El jueves, es pues, un día maravilloso. Voy a pasearme hasta la viña. Si los cazadores no bailaran un día fijo, todos los días se parecerían…”. De aquí podemos inducir una “teoría de la fiesta”.

El Principito domestica, amansa al zorro, lo hace suyo; será para él el único zorro, y, él será, para el zorro, el único niño. Nada se dice en el relato acerca de la concreción de la tarea, ni de las conversaciones, ni de los silencios, ni de los juegos; de las esperas inquietas ni de las separaciones, del desarrollo y crecimiento de la amistad, porque en su camino puede haber dificultades, circunstancias adversas, que “son la criba por donde pasan cernidos los buenos amigos”[19].

Pero como en este mundo todo concluye y sentimos especialmente el término de los días felices, llega la hora triste de la partida del Principito.

Con la despedida, el zorro le imparte su última lección, pero primero, le regala un secreto: “no se ve bien más que con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos” y luego le recuerda una verdad olvidada por muchos hombres de este tiempo, jalonado por tantas irresponsabilidades públicas y privadas: “eres responsable para siempre de lo que has asimilado”.

En el secreto del zorro se visualiza la influencia de Pascal, para quien el corazón es ante todo, inteligencia, luz, no mera vitalidad ni menos músculo cardíaco. Por eso ese corazón conoce “amando lúcidamente y entendiendo amorosamente; queriendo al hombre y a las cosas porque las entiende y conoce su dignidad propia y su lugar en el orbe”[20].

VIII.-

En el Corriere della Sera, gracias al cual estamos en Europa todos los días muy barato, apareció hace poco más de un mes un artículo del sociólogo Francesco Alberoni en su sección semanal, “Público y privado”. Entendemos que en el mismo describe con acierto y lucidez el ejercicio de la amistad, pues ella está transida de actividad: “Qué hermoso es encontrar a un amigo cuando uno está solo, cuando está angustiado, cuando tiene que tomar una decisión. Ya verlo, mientras viene a encontrarte sonriente, te serena. No habrá grandes efusiones, sólo un ligero abrazo, pero el alma está enteramente abierta”.

“Con él podéis ser sincero, decir todo aquello que quieras, sin temor, sin pudor, sabiendo que te entiende, que está de tu parte… Tu amigo no te hará preguntas que no te agraden, no dirá nada que te pueda fastidiar. Podrá hablar o estar callado, detenerse o irse rápido… Hablarás de aquello que tienes en el corazón y él te escuchará. No deberás hacer ningún esfuerzo. La amistad es antes que todo distensión, reposo”.

“Con el amigo hablamos de nuestro pasado, de nuestro futuro, no de nuestra amistad… El amigo del corazón, aquél de quien te fías, a quien revelas tus secretos seguro que no te traicionará”.

“Tu amigo tiene su vida, otros amigos que tal vez vos no conoces. Por esto puede partir cuando quiere, andar donde quiere y estar lejos, sin que vos sufras. Lo importante es que te recuerde, que te quiera bien y te abra los brazos cuando lo llames”[21].

Excelente descripción del trato amical: compañía, sosiego, consejo, apertura, comprensión, cooperación, silencio, discreción, reserva, recuerdos, proyectos, fidelidad, todas cosas buenas.

Y un breve comentario: como la amistad tiene potencia expansiva, se difunde, al amigo no le molesta que otros compartan la amistad.

Un texto de Saint-Exupéry, en “Citadelle”, destaca la acogida y la identificación amical: “el amigo es, en primer lugar, es el que no juzga… es el que abre su puerta al caminante, a su muleta, a su vara dejada en un rincón y que no le pide bailar para juzgar su danza. Y si el caminante cuenta de la primavera en el camino, el amigo es el que recibe en sí la primavera. Y si relata el horror del pueblo de donde viene, sufre el hambre con él”.

Nietzsche sentencia por boca de Zaratustra: “en el amigo debería tener uno el mejor enemigo”. No estamos de acuerdo. Es verdad que supuestos amigos, en lugar de corregir fraternalmente, con delicadeza y suavidad, utilizan modos ásperos, lenguas aceradas, juzgan, critican y molestan, pero el papel verdadero es otro, también señalado por Saint-Exupéry: “encontrarás demasiados jueces en el mundo. Si se trata de modelarte en otra forma y de endurecerte, deja ese trabajo a tus enemigos. Ya se encargarán de hacerte bien, como la tempestad esculpe al cedro. Tu amigo está hecho para acogerte”.

IX.-

Trataremos ahora para acabar de configurar el tema, de deslindarlo, de precisar algunos conceptos que no son amistad.

En primer lugar, la afabilidad, que es el deseo de agradar a los demás en las relaciones sociales corrientes, virtud anexa a la justicia, término medio superador de la adulación y el litigio o ánimo de contristar.

Esta virtud hace más agradable la vida social, es expresión de urbanidad y cortesía, pero carece de los requisitos que hacen honda y duradera a la amistad.

Aquí no hay elemento afectivo, intimidad, sino trato debido a los conocidos y a los desconocidos, a los que uno trata habitualmente y a los extraños.

En segundo lugar, la eutrapelia, que es la virtud anexa a la templanza que regula las relaciones sociales festivas, que “rige los momentos de esparcimiento”[22], que se encarna en los que se divierten con moderación y es un término medio superador del espíritu bufonesco, grosero, chabacano, por un lado y por otro, del agrio, amargo o aguafiestas, que Aristóteles llama arisco o rústico.

En tercer lugar, el afecto o aprecio, que se dirige a los prójimos con quienes uno convive. Como escribe el escritor inglés Clives Lewis, el afecto “nos enseña “primero a observar a las personas que de hecho simplemente están ahí, luego a soportarlas, después a sonreírles, a gustar de ellas y finalmente a apreciarlas”[23].

En cuarto lugar, la benevolencia, mediante la cual uno le desea el bien a otro, pero en ella faltan la reciprocidad, el tiempo, el trato. Ella nace de repente y puede ser un deseo de amistad.

En quinto lugar, la camaradería, que es una forma de asociación en la que prima no el afán de intimidad sino el logro de un objetivo, pues como escribe Belisario Tello, “a los camaradas los une un destino común, pero no un amor recíproco”[24].

Hay en la camaradería un sentido de obligación que prima sobre el amor, una disciplina a la que se doblega la voluntad subjetiva, un proyecto colectivo, político, militar, empresario, al que se sacrifican ambiciones individuales.“La proximidad de edad, ambiente y gustos nos lleva a la camaradería”[25].

Una breve referencia a otra virtud social, muy cara a nosotros: la justicia. ¿Qué tiene de común con la amistad? La referencia a otro, la alteridad. ¿En qué se diferencian? En que la justicia distingue, tiene en cuenta los títulos de otro; en cambio a la amistad, eso no le interesa, porque lo que para ella cuenta es la persona del otro.

Se podría decir que la justicia asegura un mínimo y que la amistad va más allá, pero sin derogar lo que está más acá. Como escribe Luis Legaz y Lacambra, “la amistad “constituye un complemento del derecho y de la justicia, a los que no puede sustituir más que superándolos, pero nunca desplazándolos”[26].

Por eso ya enseña Aristóteles que allí “donde los hombres son amigos, para nada hace falta la justicia, mientras si son justos tienen además necesidad de la amistad”[27].

X.-

Una reflexión dedicada a las queridas escribanas del Instituto y del Curso. Y para empezar una punzante expresión de Nietzsche, relativa a la amistad y la mujer: “Si eres un esclavo no puedes ser un amigo. Si eres un tirano, no puedes tener amigos. Durante mucho tiempo han estado escondidos en la mujer un esclavo y un tirano”[28].

O esclava o tirana, nunca amiga, en resumen. Hasta ahora hemos citado a hombres, nos hemos referido a amistades entre hombres. Podemos recorrer textos griegos y romanos, referidos a ella y en todos por “hombre” se entiende “varón”; incluso en Israel la mujer estaba rigurosamente marginada de la vida pública.

Y ¿quién es el que quiebra con hechos este desprecio explícito o implícito por la mujer y le abre los caminos de la amistad?

Es Cristo, quien realiza su primer milagro en las bodas de Caná, a instancias de una mujer, su madre, aunque todavía no hubiera llegado su hora; apenas iniciada su vida pública, la primera curación es de una mujer, que además es suegra… de Pedro; cura a una mujer que sufría hemorragias; conmovido por el llanto de una viuda, resucita a su hijo y ante el escándalo de escribas y fariseos, cura un sábado a una mujer paralítica a quien llama “hija de Abraham”.

Ya el precursor, San Juan Bautista, la voz que clama en el desierto, predica a varones y mujeres, incluso algunas marginadas, pues como expresa el Evangelio: “hasta las prostitutas creyeron en Él” (Mateo, 21,32).

También quiebra los usos sociales y en Samaría habla a solas y largamente con una mujer, como expresa San Juan en su Evangelio: “llegaron sus discípulos y quedaron sorprendidos al verlo hablar con una mujer” (4, 27).

Cuando quiere proponer un modelo de conducta pone el ejemplo de una mujer, una pobre viuda que da en limosna una pequeña moneda que es todo lo que tiene.

Las mujeres participan en la prédica de la Buena Nueva y hablan, hacen oír su voz como lo refiere San Lucas: “Cuando Jesús terminó de hablar, una mujer levantó la voz en medio de la multitud y le dijo: ¡Feliz el seno que te llevó y los pechos que te amamantaron!” (11, 27/8).

Cristo inaugura una nueva fraternidad que incluye a varones y mujeres y cuando recorría las ciudades y los pueblos de Galilea lo acompañaban sus apóstoles y muchas mujeres que lo ayudaban con sus bienes.

¿Cómo respondieron las mujeres a la benevolencia divina? Con grandes pruebas de amistad. Las mujeres del lugar lo acompañaron en el “Via Crucis”, lamentándose. Jesús las llama “Hijas de Jerusalén”.

Muchas mujeres lo acompañaron hasta el patíbulo. ¿Y los varones? Excepto Juan, el discípulo amado, habían desaparecido. Como comenta Miguel Cruz, “ellas, frente a Él, pronunciaron la fidelidad de la amistad”. Y concluye con una oportuna invocación al argumento de cantidad: “Un solo varón fiel, por las muchas que jamás lo abandonaron”[29].
XI.-

Ahora entraremos en el tema de la concordia y con el riesgo de molestar a algún distinguido colega y amigo, opositor a los argumentos de autoridad, comenzaremos con alguna referencia a Aristóteles, porque de algún lugar hay que partir, ya que no somos adanes.

El Estagirita escribe en la Ética Nicomaquea que “la concordia parece ser la amistad en la ciudad” y en “una ciudad hay concordia cuando los ciudadanos tienen la misma opinión sobre sus intereses y toman las mismas decisiones y ejecutan lo que han aprobado en común”.

También señala que la concordia es acerca de cosas importantes y que la misma se encuentra en los justos, pues estos concuerdan sobre el mismo fundamento, quieren lo justo y lo útil y a ambas cosas tienden de común acuerdo.

En este lugar, sostiene que la concordia “no es posible en los malos, a no ser en medida insignificante”[30].

Dentro del ámbito de la ciudad existen concordias parciales: la de los hombres de mar, de los hombres del campo, de los escribanos, etcétera.

De la enseñanza aristotélica debemos retener dos cosas: la primera, que la concordia versa sobre intereses, no sobre un amor recíproco y la segunda, que en una medida insignificante sería posible entre los malos. Es por eso, que se puede incluir en el género amistad sólo por analogía.

Luego, Cicerón se refiere al papel de ella en la conservación de la familia y de la sociedad política: “Si pudieras quitar de la naturaleza el lazo de la benevolencia, no quedaría en pie ni casa ni ciudad alguna. Y si ello no es suficiente para entender toda la fuerza de la amistad y de la concordia, puede apreciarse por las disensiones y las discordias. Porque ¿qué casa hay tan sólida, qué ciudad tan firme que, minada por los odios y las divisiones, no sea destruida hasta sus cimientos?”[31].

De Cicerón podemos retener la importancia que tienen la amistad y la concordia en la conservación de la familia y de la ciudad.

Como el hombre y de esto estamos profundamente convencidos, ha sido creado para el amor, para la amistad, para la comunión con los demás, el odio, tantas veces hasta proclamado en nuestros días, aunque pueda movilizar momentáneamente a masas de resentidos contra algo o alguien, a la larga, disgrega. Vázquez de Prada nos ofrece una buena comparación: “El odio convoca gente con propósitos mortíferos como por hambre se congregan los lobos para la caza; cuando la banda ha saciado su apetito, se disuelve”[32].

Santo Tomás de Aquino en su Comentarios a Aristóteles señala que la amistad conserva a las ciudades y que por eso, “los legisladores desean sobre todo que exista la concordia, y ahuyentan las contiendas entre los ciudadanos como enemigas de la salud de la ciudad”[33].

En la Suma Teológica se ocupa del tema al tratar de los pecados contra la caridad. Uno de ellos es lo que llama sedición. Ella, se da entre las partes de una muchedumbre que disienten entre sí, y se opone a un bien especial, que es la unidad de la multitud. Siembra discordia aquél que disiente desordenadamente.

Es muy interesante aquí la referencia al tirano y la cuestión del derecho de resistencia: “la perturbación de ese régimen no tiene razón de sedición a no ser que se perturbe de tal manera desordenada, que la multitud sufra mayor detrimento con la sedición que con el régimen tiránico; con todo, el más sedicioso es el tirano que fomenta discordias en el pueblo esclavizado para poder dominar con más seguridad: eso es tiránico, por encaminarse al bien peculiar del presidente con daño de la multitud”[34].

Hemos retenido de Aristóteles que la concordia versa acerca de intereses; existen intereses parciales y un interés general en el ámbito de la sociedad política. Así como el hombre para ser bueno debe estar ajustado al bien común, los intereses parciales, para ser justos no deben oponerse al interés general.

Es por eso que pueden existir concordias parciales desordenadas, injustas, que son reprobables. Sea la concordia de un grupo de bandidos como ciertas concordias corporativas que conspiran contra el interés general. Es por eso que la analogía propia con la amistad sólo aparece en la “ordenada concordia”, que no es otra cosa que la paz.

XII.-

Y como vamos acabando este será un final con suspenso, pues lo medular desde este momento hasta que terminemos será extraído de la obra de un gran escritor; volveremos a usar y tal vez abusar, del argumento de autoridad, pero atendiendo a las circunstancias y al desconocimiento general del personaje, entendemos que vale la pena. Cabe aclarar que este maestro cuando habla del tema se refiere a una “ordenada concordia”.
.
¿Será argentino? ¿Será contemporáneo? Lo que anota, advierte, señala, ¿tendrá algo que ver con nuestra penosa realidad y su discordia permanente, impulsada por aquellos que deberían ser los principales gestores del bien común, cuyo primer capítulo, según Santo Tomás de Aquino es “instituir a la multitud en la unidad de la paz”?

La concordia mutua de los hombres es una imagen de la ciudad divina y la discordia, un sabor de infierno, el cual, según Santa Teresa de Jesús, es un lugar donde no se ama[35].

Ella trae a los hombres, a las familias, a los otros grupos infrapolíticos y al Estado una serie de bienes: “La concordia reunió al género humano, fundó las ciudades, las aumentó y las conserva: introdujo las artes útiles a la vida, fomentó la riqueza y el desarrollo de las inteligencias… pero por la discordia se disgregan los hombres llenos de terror y miedo… se deshacen las sociedades rotas las leyes… crecen el hambre, la peste, la miseria, la incultura, la vagancia, las costumbres depravadas”[36].

Si los seres humanos se desubican, si se creen autónomos, si desconocen su carácter de criaturas, si pierden el sentido de sus límites… ¿qué sucede? “Los hombres, primero, se hacen soberbios; luego, ambiciosos, y de aquí, pendencieros, coléricos, iracundos y vengativos. Porque es imposible que cuando uno ambiciona todo, llegue a conseguir lo que ambiciona. Consecuentemente, cuando se le frustran sus deseos, perturba la tranquilidad de aquellos por quienes cree que se le ha impedido satisfacer sus apetitos”[37].

Del derecho, entendido erróneamente por Hobbes, como un poder de todos a todo, surge inevitablemente la guerra de todos contra todos. Nunca existirá un derecho al todo sino a alguna parte, atendiendo a nuestros títulos en el contexto de un bien común concreto y posible.

Los caminos equivocados son muchos; cuando uno percibe el error debe volver al cruce y tomar otro procurando que sea el verdadero, el que lo lleve al lugar de destino. En este campo sucede lo mismo: “La concordia no tiene más que un camino; la discordia infinitos, anchos, divergentes”.

“Una vez rota la valla de la concordia o de la vergüenza, ya no tiene coto la ferocidad”[38].

Ya lo cantó Martín Fierro respecto de la segunda:

“Pero les debo enseñar
Y es bueno que lo recuerden
Si la vergüenza se pierde
Jamás se vuelve a encontrar”[39].

Una distinguida escribana, integrante de nuestro Instituto tiene un programa radial “Soñando Buenos Aires”, y un día, como es suave, femenina, y vive aterrorizada, nos invitó a hablar de un tema que nos preocupa cada día más: la seguridad, jurídica, política, física. Ahora bien: “¿Quién puede estar seguro, una vez expulsada la justicia, única cosa que puede defender a la debilidad frente a la fuerza?”[40].

Veamos cómo considera nuestro escritor las condiciones de los ciudadanos en época de discordias: “cerrados dentro de la ciudad, dentro de sus casas y de sus hogares, se ven obligados a llevar una vida como si se encontraran en un bosque plagado de salteadores; la mujer, los hijos, los padres, la casa, la familia, las posesiones, todo lo que en la paz nos proporciona alegría y comodidad para la vida, en la discordia nos sirve de carga, de tristeza, de hastío: cada una de esas cosas aumenta el miedo y la sospecha de que por cualquier sitio nos venga una desgracia; todo es causa de terror, cuando ya tiene uno bastante para temer a tantos y por tantas razones”[41].

Las discordias son alimentadas por hombres perversos, a quienes, además de combatir, debemos compadecer, porque, como el tirano descrito por Platón, “no pueden gustar de ningún manjar agradable, puesto que tienen su paladar amargado por la bilis del odio… no pueden gozar de la dulzura de las estaciones, ni de la amenidad de los campos, ni del encanto de las aves, ni de los amigos, ni de nada que suponga alegría, porque tienen seca la fuente de la alegría de su alma ¿Es esto vivir?”

Hoy día, muchas veces, la virtud es despreciada y el vicio alabado, porque “cuando manda la locura, no sólo obra ella a su capricho, sino que hace que la sabiduría y la prudencia y la moderación sirvan de risa y sean tenidas por necedades”[42].

Además, “¿Qué confianza nos resta, si los que tienen por misión reparar las injurias, están dispuestos a cometerlas? ¿Cómo el jorobado y contrahecho juzgará y medirá lo recto?”.

Luego, se refiere a la equidad, a la cual Aristóteles comparaba con la regla que usaban los constructores en la isla de Lesbos para medir las piedras, una regla blanda, de plomo, que se ajustaba a ellas; para que se hagan una idea era como el centímetro que usan las costureras que puede medir a una gorda o a una flaca; pero hasta esta medida que corrige los errores de la letra de la ley y tiene en cuenta su espíritu, se desvirtúa: “Así la justicia será la regla lesbia, no para moderar y temperar los afectos de todos por el bien de todos, sino para doblarse y servir a los intereses y amistades, lo cual es lo más inicuo que pueda imaginarse[43].

Ciertas teorías penales se han infiltrado entre nosotros y entendemos que quieren destruir desde dentro una rama tan importante del derecho público, como es el derecho penal. Respecto a esto nos dice nuestro escritor: “siendo la finalidad de las leyes tutelar a los ciudadanos honrados y reprimir a los malvados con la amenaza de las penas; se trastorna el orden por la discordia, de modo que está asegurada la impunidad a los criminales y el terror a las personas honradas”[44].

XIII.-

Cuando se enteró de estas jornadas, una escribana, la última que se incorporó al Instituto, pero que con su inteligencia y con su corazón ya penetró en el mismo en profundidad, nos acercó un escrito que se refiere a la alegría, surgida de la comunión espiritual y el acercamiento interior. “Esa legítima alegría, no depende jamás de situaciones externas para sostenerse”.

Una de esas situaciones, puede ser la distancia entre los amigos, pero como afirma Santo Tomás, “la amistad verdadera no se disuelve en razón de la distancia sino sólo el acto de amistad, que es la convivencia”[45].

La prueba de esto y ahora volvemos a la amistad en sentido estricto para acabar, la encontramos en un relato de la vida de dos jardineros, con el cual también concluye Citadelle: estos amigos y confidentes paseaban juntos al anochecer, terminado el trabajo, en silencio, mirando los árboles y las flores, conjeturando las perspectivas del tiempo y las variaciones del clima.

Pero un día, uno de ellos es contratado por un mercader y termina en los confines del mundo.

Pasaron los años sin noticias y en una vejez de silencio, el jardinero de Citadelle,
recibió una carta de su amigo. Y como quería compartir su alegría, le pide al jefe que se la lea como se lee un poema. La carta es breve, porque los jardineros son más hábiles para la azada que para la escritura. Y el caíd leyó simplemente: “esta mañana podé mis rosales…”.

Pasaron tres años; el jefe lo envió una embajada al otro extremo del globo e instó al jardinero para que escribiera a su amigo. Aquél se pasó días encerrado, garabateando, porque necesitaba “transportarse entero” a su amigo a través de la geografía. Y ruborizado sometió al caíd su respuesta; éste leyó lo que confiaba a su amigo: “esta mañana, yo también podé mis rosales”. Como señala Saint-Exupéry, lo esencial empezaba a aparecer, “porque ellos te celebran, Señor, uniéndose a Ti, por encima de los rosales, sin saberlo… porque el amor o la amistad sólo se anudan en Ti” (CCXIX).


Esc. Bernardino Montejano

20 de noviembre de 2009.
Compilador: Salvador
[1] Vázquez de Prada, Andrés, Estudio sobre la amistad, Rialp, Madrid, 1956, p. 160.
[2] Hernández José, El gaucho Martín Fierro y la vuelta de Martín Fierro, El Ateneo, Buenos Aires, p. 249.
[3] La prière de toutes les choses, Desclée de Brouwer, Bruselas, 1956, p. 110.
[4] Plaza y Janés, Barcelona, 1980, p. 162.
[5] Écrits de guerre, Gallimard, París, 1982, p. 379. Ante esto oponemos la fidelidad a su palabra del general romano Marco Atilio Régulo.
[6] El arte de vivir, Club de Lectores, Buenos Aires, 1966, p. 26.
[7] Tello, Belisario, Eidología y analogía de la justicia y la amistad, Arkhé, Córdoba, 1965, p. 43.
[8] El hombre y su soledad, Sígueme, Salamanca, 1983, p. 148.
[9] Como señala Saturnino Alvarez Turienzo en su obra citada: “la soledad, que es tristísima y mala, se convierte en fuerza hacia la verdad y el bien cuando se la elige” (p. 136).
[10] L’enacinement, Gallimard, París, 1949, p.45.
[11] Ética Nicomaquea, L. VIII, III, en Ética Nicomaquea-Política, Porrúa, México, 1967, p. 104.
[12] Ética Nicomaquea, L. VIII, I, en ob. cit., p. 102.
[13] Vázquez de Prada, ob. cit., p. 239.
[14] Las veladas de San Petersburgo, Espasa-Calpe, Buenos Aires, 1946, ps. 245/246.
[15] Vázquez de Prada, ob. cit., p. 171.
[16] Ob. cit., p. 161.
[17] Trascripto en castellano antiguo por Miguel Cruz, en Misterio de la Amistad, Taller Cultural del Norte, San Miguel de Tucumán, 1986, p. 43.
[18] Vázquez de Prada, ob. cit., p. 208.
[19] Vázquez de Prada, ob. cit., p. 208.
[20] Imperiale, Marcelo, “Reflexión sobre el concepto de corazón”, en Sapientia, Buenos Aires, 1995, n°197/8, p. 411.
[21] “L’amicizia è fiducia e calma, l’amore una rischiosa fatica”, Milano, 5/10/2007, p. 1.
[22] Sáenz Alfredo, Siete virtudes olvidadas, Gladius, Buenos Aires, 1998, p. 351.
[23] Los cuatro amores, Universitaria, Santiago de Chile, 1991, p. 49.
[24] Ob. cit., p. 51.
[25] Vázquez de Prada, ob. cit., p. 184.
[26] Amor, amistad, justicia, Instituto Nacional de Estudios Jurídicos, Madrid, 1968, p. 40.
[27] Etica Nicomaquea, VIII, I, en ed. cit., p. 102.
[28] Aí hblaba Zaratustra, I, en Vázquez de Prada, ob. cit., p. 192.
[29] Ob.cit., p.57. Aquí habría que agregar a dos amigos de Cristo que no lo negaron en los peores momentos, José de Arimatea y Nicodemo.
[30] L. IX, VI, en ed. cit., p. 122/123.
[31] Lelio o De la amistad, Juventud, Barcelona, 1982, p. 180.
[32] Ob. cit., p. 173.
[33] CIAFIC, Buenos Aires, 1983, p. 432.
[34] 2-2, q. 42, a. 2 en T. VII, B.A.C., Madrid, 1959, ps. 1092/3.
[35] Vives, Juan Luis, Concordia y discordia, Séneca, México, 1940, p. 128. Dedicado a Carlos V, César Augusto, Rey de las Españas, en la ciudad de Brujas, el 1° de julio de 1529.
[36] Ob. cit., p. 320.
[37] Ob. cit., p. 135.
[38] Ob. cit, ps. 140 y 161.
[39] Ed. cit., p. 392.
[40] Ob. cit., p. 204.
[41] Ob. cit. p. 249.
[42] Ob. cit., p. 293.
[43] Ob. cit., p. 300.
[44] Ob. cit. p. 308.
[45] Comentario, ed. cit., p.446.

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada